La Procesión del Silencio de Querétaro cumplió 60 años de su fundación y es considerada una de las principales tradiciones culturales y de fe religiosa de carácter comunitario en la entidad. Se trata de una manifestación de piedad popular que se celebra la tarde del Viernes Santo, en la que participan cofradías y hermandades que recorren las calles del Centro Histórico.
Los participantes portan imágenes de Cristos y vírgenes en sus diversas advocaciones, en un desfile silencioso apenas interrumpido por el sonido grave de tambores y el arrastre de cadenas que los penitentes llevan en los tobillos, evocando un ambiente fúnebre.
Esta manifestación religiosa se vio interrumpida en 2020, durante la pandemia de covid-19, cuando fue sustituida por tres esculturas metálicas colocadas en el atrio del convento de la Santa Cruz de los Milagros, punto de partida tradicional de la procesión.
Las hermandades de penitencia integran los 20 conjuntos que participan en la procesión, en la que intervienen hombres y mujeres. Entre las más antiguas —con seis décadas de existencia— se encuentran las del Señor del Santo Entierro, La Santa Cruz, el Señor de Esquipulas y los Heraldos, estos últimos encargados de encabezar el recorrido.
Otras agrupaciones, como las del Señor del Gran Poder, de la parroquia de Santa Ana, y la Virgen de los Dolores, cuentan con 58 años de antigüedad, mientras que la hermandad de La Piedad es la más reciente, con 18 años.
De acuerdo con crónicas de la época, la primera procesión moderna se realizó en 1966 en el atrio y jardín del templo de la Santa Cruz, con apenas 35 penitentes que portaban la imagen del Santo Entierro. En contraste, este año participaron más de mil personas, quienes recorrieron cerca de tres kilómetros en un trayecto que se extendió por alrededor de cuatro horas, debido al peso de las imágenes y cruces —de hasta 50 kilogramos— que cargan, así como las cadenas que arrastran.
La mayoría de los penitentes realiza un retiro previo de tres días en el convento de la Santa Cruz de los Milagros, donde duermen en el suelo, meditan y rezan. Durante el Viernes Santo, participan ataviados con túnicas y capirotes del color que distingue a su hermandad.
Los participantes portan cadenas sujetas a los tobillos y cargan cruces de madera de mezquite, con pesos que oscilan entre los 20 y 50 kilogramos, las cuales son resguardadas en el convento y sometidas a mantenimiento periódico para su conservación.
Las hermandades también están integradas por mujeres vestidas de negro y con velo. La procesión es encabezada por los Heraldos y las Insignias, quienes portan símbolos de la Pasión, como la corona de espinas y los clavos. Posteriormente desfilan niños vestidos con túnicas blancas y alas, conocidos como “angelitos”, seguidos por los niños del catecismo.
Héctor Vinicio Ugalde Ugalde celebró este año medio siglo de asistir a la procesión y dos décadas como coordinador de la cofradía del Señor del Gran Poder. En entrevista con La Jornada, explicó que esta imagen, vinculada a la tradición taurina, participa desde 1966.
Señaló que la vestimenta de las imágenes responde a mandas personales. “Por tradición deben ser de luto, en tonos morado o rojo; en este caso es verde, que simboliza la salud, como parte de una manda familiar”, explicó.
Para Ugalde, la procesión también representa un espacio de integración familiar. “A mí me trajo mi padre, quien aún vive y tiene 99 años. Hoy yo traigo a mis hijos y a mi familia. De eso se trata: de mantener viva la tradición”, comentó.
A las 17 horas, los penitentes encargados de portar las andas —estructuras donde se colocan las imágenes— inician el recorrido, cargando hasta 150 kilogramos sin descanso durante todo el trayecto.
De acuerdo con registros históricos, la versión moderna de la procesión fue impulsada por fray Ernesto Espitia Ortiz y el presbítero José Morales Flores. Aunque existen antecedentes desde la época virreinal, la tradición actual surgió a partir de su iniciativa.
El cronista Alfonso Camacho González señala que esta primera procesión permitió hermanar a los barrios de Santa Ana y La Cruz. Por su parte, el historiador Eduardo Rabell Urbiola refiere que ya en el siglo XVI existían procesiones similares, y que en el siglo XVIII se realizaba un Vía Crucis desde el templo de San Francisco hasta el convento de la Santa Cruz, tradición interrumpida durante las Leyes de Reforma.
En el siglo XX, la procesión retomó fuerza y se expandió, incorporando nuevas cofradías. Hacia 1968, se integraron elementos de influencia andaluza y taurina, como la imagen de la Virgen de la Macarena y el Cristo del Gran Poder.
En materia turística, la secretaria de Turismo municipal, Mariana Ortiz Cabrera, informó que la ocupación hotelera superó el 65 por ciento, lo que representó la llegada de cerca de 200 mil visitantes y una derrama económica estimada en 900 millones de pesos durante el periodo vacacional.
Indicó que alrededor de 20 mil personas asistieron a la Procesión del Silencio, evento para el cual se implementó un operativo coordinado entre autoridades eclesiásticas y dependencias de seguridad y protección civil, con el fin de garantizar condiciones adecuadas para los asistentes.






